ROCA NEGRA| OMAR ALARCÓN

Omar Alarcón

El adiós no se dibuja en la palma de la mano, no se nombra. Sin la piel es inútil recordar el viento. Cuando cerramos los ojos no morimos de lo que se pierde, morimos por no vivir. Caminamos desde siempre con un cuerpo acostumbrado al vacío. Sin embargo, tan sólo un gesto es capaz de inaugurar el aire. Amamos desde el olvido. Lo que somos, no nos basta para ser. Las orillas de nuestro cuerpo buscan la piel borrada con el tacto. Somos el adiós que no permite despedirnos. Nos marchamos sólo al cerrar con un beso la última puerta. Entonces dividimos las sonrisas en colores, los perfumes en recuerdos. Y para siempre, atravesamos el portal, con las manos vacías.


Al cerrar los ojos volvemos a inventar la luz. Esa luz muriendo en nosotros para sacrificarse y darnos vida. Cada mañana soltamos garzas en el aire. Abrazamos árboles recordando nuestro cuerpo. Y sostenemos un gorrión herido en la palma de la mano, ofreciendo a la muerte, lo que en secreto recogemos de nosotros mismos.


No hay un porqué para la felicidad rozando la hierba. ¿Quién no abrazó alguna vez el niño huérfano que lleva dentro? Las caricias nos devuelven el calor de la tierra. Volvemos a creer en los ramos de hortensias y en las bandadas de garzas cantando a lo lejos. La aurora se vuelve a anunciar con cada beso. El mar se precipita en sí mismo. El amor no termina en nuestros brazos. Las olas se vacían en el fondo de nuestro pecho.


La eternidad no cabe en los bolsillos. El viento nos toma en brazos como una madre. ¿La poesía es una máquina de luciérnagas en la noche? Caligramas del pasado somos. Dibujos de un niño ciego en las paredes. Cometas huérfanos. Poemas quemándose en el aire.


El mar choca las rocas negras de mi pecho.
Adentro, la lluvia borra todo lo escrito.

— Mira, los pájaros no anidan en el cielo. Cada nube es un dibujo que trazamos
al azar.
Las gaviotas gritan tu nombre al amanecer:
Sus graznidos son mi propia voz que se hace espuma.

Quieto, ausculto el pulmón de un pájaro, su largo tic tac de viento y su mirar acostumbrado al horizonte.
(Ahora estoy seguro, ningún sueño de libertad se compara a una mariposa en el vacío)

— Cada vez que busco una respuesta encuentro tus ojos mirando desde el fondo de las cosas simples.

Un pañuelo es lo único que hay después de una despedida.
Un pañuelo y una playa desierta donde escribir mi nombre.

Silueta anónima de la tarde, yo dejo en ti un breve aleteo para recordarle al mundo lo efímero de este sueño.

— Mis cabellos fueron creados por las mismas manos que desatan el aullido.

Apuesto mi vida a los dados. En todos los números está escrito mi destino.
Puedo plantar mi cadáver como una semilla del mar en las manos de cualquier ser humano.
Colgar soles en el corazón de la muerte,
llenar el mundo con un amor de olas incontrolables.

En mi casa, los muros de la noche son tan altos como la esperanza.
Allí, las mujeres y los hombres bordan su ropa de luto junto al río y esperan cada mañana el retorno de las garzas.

En esta tierra construimos piedra a piedra una fe que se derrumba.
Nos llaman, “los ciegos cavando un hueco en el crepúsculo”.

— Mi desnudez, un huracán habitando la tierra. Desconozco las líneas que trazan el olvido y el horizonte.

Aquí, nuestros altares siguen vacíos.
Desde tiempos inmemoriales conservamos una sola vela como recordatorio de un alma anónima.

El paso de los cometas nos devuelve la confianza en nuestro viaje.

— Los malabaristas no conocen el vértigo. Cuando se enamoran dejan caer sus cuerpos libremente al vacío.

Somos la luz cegándose a sí misma.
Una vasija encerrando la ilusión de ser alguien.
Nuestras lágrimas caen siempre a un pecho de piedra.
No en un huerto de flores.

Cortamos el pan sabiendo que dimos poco.
En nuestra mesa sólo nos pertenece aquello que compartimos.

Prendemos una hoguera y alumbramos nuestro rostro, el rostro de todos.

El amor toca nuestro ser abriéndose paso entre la herida de estar vivo.

— Una sonrisa dibuja lo que ha quedado de un beso: Una red de estrellas sin nombre, un mar.

Viajamos al sur y norte.
Pero en los pozos del desierto solamente hay sed.
(Las huellas en la playa no son eternas, las olas devuelven restos hasta la orilla).

— La sombra se conoce a sí misma sólo cuando en la barca no queda nadie.
— ¿Quién puede ver su reflejo en el agua mientras llueve?

Al amanecer los pescadores cantan ebrios junto al puerto.

En medio del mar,
la barca vacía.


OMAR ALARCÓN (BOLIVIA, 1986) Es poeta y cineasta. Publicó el poemario “El corazón entrega sus muertos” (Editorial Pasanaku, 2006) y “Roca Negra” (Editorial Andesgraund, 2020). Sus poemas fueron seleccionados en la antología de poetas jóvenes bolivianos “Cambio climático” (Fundación Simón I. Patiño, 2009) y en “Memoria sin espejo 15 poetas bolivianos contemporáneos” (Ladrones del tiempo, 2019). Ha publicado en revistas especializadas como Círculo de Poesía (México) y ha participado en diversos festivales nacionales e internacionales. Con su primera película “Mar Negro”, obtuvo en Bolivia el Premio a Mejor Dirección (Premio Eduardo Abaroa 2018), que narra la vida y obra de Hugo Montero, el poeta que murió en el Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Sucre. 


 

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