ROMANA | MARCO ANTONIO MURILLO


ROMANA

Seguramente, Cynthia, mañana
nos preguntaremos por qué
las aguas de estar juntos
no fueron propicias, ¿ni una sola
gota para ser felices y tenernos
con buena salud y sin sed?,
y de seguro otros (malditos Propercios
de prepucio pelado)
habrán sumergido sus manos de lepra
en las caudalosas aguas de tu cuerpo, mientras
te llamaban flauta,
caña dulce, mujer
dormida como una navaja,
con mejor voz que la mía, no los escuches,
es mejor recordar la juventud y los oros
de conocernos: junio
de 2011, o tal vez julio, no importa,
si las estaciones
pasan y buenamente
cumplen sus nieves en la memoria,

te vi llegar ligera: y qué bien
recorrías la tarde con tus sandalias, luego
la guardabas en tu cajita de maquillaje,
para ti sola, te hablé,
pero no volteaste, y por qué
ibas a hacerlo, si en ese tiempo apenas
descubrí tu nombre, Cynthia,
y no conocía la Roma de Propercio, la dormida
como un elefante entre columnas
color sepia, la humedecida
diariamente por espumosos baños
que envidiarían las aguas rápidas del Tíber,

varias veces te vi pasar, un día
decidí atravesarme, cortarte
el paso, a veces
me pregunto si lo vivido
y luego tiernamente fracasado entre dos
es sólo río bifurcado, profundo,
siempre misterioso,
o bien, si un breve encuentro valió la pena
por sus paisajes:
costas, playas, piscinas donde
meter los pies era tocar la vida, una noche

por fin pude amarte: mira
el cielo, te decía, nunca conoceremos
Roma, pero persiste
en las constelaciones, Cástor envejece
más que Pólux, la balanza
juega con el peso muerto
de las estrellas, la luz sideral
dejó de importarnos, lo justo
fueron nuestras propias chispas
celestes iluminando
habitaciones y alcobas
y penjauses, así era
amarnos allí, así era amarrarnos
hasta que la piel
se nos ponía roja de tanto líquido
y víscera y líquenes rozándose,

y entonces aceché
los abiertos balcones de tu cuerpo, la altura
que de pronto alcanzaste:
tu cuerpo romanamente
iluminaba todo como una lámpara
de piso: piernas, nalgas, senos (qué cálidas ceras
se derramaban) y tu cabello
meciéndose, más Cynthia que tú,
rico en salitre y esponjosos moluscos,
meciéndose siempre, poblado
de torpes caracoles que se perdían
en las pegajosas sábanas del amanecer.


Marco Antonio Murillo (Mérida, Yucatán, 1986). MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, en 2009. Premio Estatal de la Juventud 2014 en artes. Asimismo, ha obtenido la beca de Jóvenes Creadores del PECDA (2009), la University Grant de la Universidad de Texas en El Paso (2013- 2016) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores (2019-2020). Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013), La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014) y Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019). Como antólogo ha sido coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (SEDECULTA, 2015).


 

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