CONSAGRACIÓN DEL FUEGO | RUBÉN REYES RAMÍREZ


CONSAGRACIÓN DEL FUEGO

1
Era la lumbre ritual en intención de vuelo,
humeaba el tálamo de la alborada
y un gesto ingenuo,
de rosas asombradas por el sitio,
vertió la túnica
bajo el hervor de la consagración del aire
transgrediendo en el orden un designio.

2
En el cáliz tutelar del fuego está la insomne arena de la llaga.
Se desnuda en la inquietud el rostro,
inmola algún centzontle la liturgia del silencio
para después fugarse por la aérea textura de la rosa
ante una terca sombra, a la ventisca.

Desde el origen, escombros surgen:
por la charca aflora en superficie el estupor asesinado de la grieta;
pero al fondo del espejo intacto, derrama su intención la hoguera
y sube por el andamio crucial del viento
para plantar a solas un crisantemo diurno
en la inminencia desbordada del instante.

Sólo el aliento de la llama consigna el resplandor
que es un hallazgo en ebriedad por la memoria.

3
Somos de golpe, enemigos,
reos de muerte,
espectros.

Y nada tienen de culpa las sombras
sino el silencio,
el seguir en la orilla,
dudando,
devastar el aliento en la piedra,
olivar cansado del tiempo.
Y nada tienen de culpa las sombras
sino el musgo en la arena del gesto.

Bajo el fulgor alto, en la ceniza
esclavos somos,
cautivos de mil velas incendiadas en la edad del instinto.
Y nada tienen de culpa los sueños
sino el ebrio latido del canto,
sino el acto en la tarde donde la hoja quema su hastío
y consuma por el espacio un vuelo.
Y nada tienen de culpa los sueños
sino el grito en la sombra del fuego.

Enemigos,
reos de muerte,
espectros,
somos de golpe astillas
en la orfandad infinita del viento.

4
Del odre oscuro en el arca rota del gesto,
desangro la gota ausente
y me derrama el olvido octubres,
gaviotas aturdidas en delirios vastos
con el lebrel en la espuma, del deseo.

Atisbos en la llama arengan a cada nube amotinada en silencio
o transparentan las astucias que mis ojos,
ascuas de bestia en celo,
asilan en la luna de disturbios
y se ahogan con el polvo,
entre las hordas nocturnas del incendio.

Sobre el otoño puede suceder un grito del relámpago;
abrirse paso por la delgadez del agua el címbalo del polen al aire
que anuncia milagro en el temblor herido de los pétalos.

¿Será este oficio de ave migratoria
el que manda celebrar los nombres del hastío
con sus ramas secas en los eriales decantados por la tarde?
¿Será este oficio de borrados límites
el que manda refundar las tumbas en el viento?

Y porque todo es nacimiento y sombra,
las grietas del atisbo asedian un resplandor cuando la flor sube
al címbalo tejido en el relámpago,
y al cabo, octubre sucede a solas,
entre la lluvia,
que es el desvelo de una piel en la intemperie.

Gota de polen ávida,
la luna del otoño oficia en la desnudez del agua
el alto sacerdocio de la nube;
insomne el arca desangrándose
ahoga en escombros a las garzas intactas del espejo.

5
Nube, la hoja en el viento
desperdiga el rescoldo de una antorcha
algún hervor de lluvia
suelto,
y recoge de la sombra, el rastro
en un molino residual del gesto.

Polvo, el incendio
es la traza en el sueño, del espacio.

Alguien canta en la noche desvelos florecidos del derrumbe,
y la lumbre en el sitio
trasmina fulgor en la hojarasca.
Algo canta el delirio
en un copón enceguecido de hallazgos.

Fuego, el bálsamo del canto
levanta con el viento
las intenciones, hojas mutiladas del insomnio.

6
El huerto es una construcción de mi silencio.
Sólo esta tarde podía traerte:
tus manos
o tu sombra en la orilla del instante.

El limo en la lluvia me hace humilde:
como al principio, puedo creerte.
Para vivir, basta el velo húmedo del incendio
la desnudez del hallazgo que mora en ala de ternura
y roza la cercanía íntima del pecho.
El gesto entre la lluvia es eco en fuga del ave.

Todo en la tarde tiene actitud de desvelo;
pero el olvido en la arena desvencijada del risco
se resiste a venir,
ser nombrado en la hora insomne, navegante del aliento.

Todo en la tarde tiene magnitud de exilios;
pero el aire, sólo el aire vencido que construyó mi gesto
deposita en la ronda del espejo un verdor matutino del instinto
y organiza en medio de la sombra,
(como ritual secreto de la piel en el agua)
el naufragio por el fuego.

7

Del aire al aire, como una red vacía,
iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo…
PABLO NERUDA

De pronto la mirada, un estallido en lumbre:
el pájaro convoca al aire,
del aire al aire, sube
y todo se derrama en un erial de aire.
Asume el aire la erupción del vuelo
que nace en el instante límpido del aire
y escala su fulgor de astilla
por la consternada arena del rocío.

En la corona del aire, aire
impera limpio sobre el aire
y despierta al centro,
en el ojo de la nube intacta,
su actitud pertinaz de viento
sobre la estera líquida del deseo.

Es la traza del ala en un temblor del aire
que se olvida en el sitio
entre la huella, suelta
como leve espuma de candor al aire
y se hace lumbre en clarinada,
resplandor,
hervor de luz,
y apenas, aire
en el viejo estupor de la mirada.

8
Irás tu huella derramando al vuelo
sobre la colina tersa de una madrugada
y tu sombra irás desanudando
con un acto de gaviota por la longitud del eco.

De las hojas por el rocío que se esparcen,
de las uvas y el huerto en posesión de las campanas,
sólo me quedan los incendios claros,
sólo el perfume de la sombra sobre el campamento del derrumbe.

Habrán de caer por el cuenco de la tarde los siete velos
y en el reducto de la calle ausente
gacela de bruma, tu huella
será alondra solitaria en medio del asfalto.

Vendrán por tu sombra conspirando sobre hojas las hogueras
y palmo a palmo
el bajo vientre de la tierra
forestará de nubes al barro simple
y a la ceniza del ardor en vela.

En la colina del espejo
un borde claro de tu rostro será húmedo entre la hierba.

9
Se te cayó la luz en la hojarasca.
Eres apenas el oscuro reo en la llovizna,
el cazador del alba en los deshechos territorio de la noche.

*
Se te quebró la luz en el umbral del sitio:
esa de la invicta madrugada,
la del aire puro en la hierba,
esa del gesto claro en el calor azul de la bufanda
o en la extensión agreste de algún risco.
Hoy es el ghetto de la lágrima,
hoy, la certeza de sombras por la caverna del desvelo.

En la intención del viento
el trasunto del otoño es alarido de un velamen que se incendia
sobre el yermo anochecido del polvo.

Tu nombre espera en la intemperie algún delirio,
insomne vagabundo de la hora
tu nombre vela.
En busca a tientas de su rostro, se te ahogó en planicies la esperanza.
Tu nombre ha muerto.

* *
Desterrada en un páramo, del alba,
la desnudez vaga por el filo de la atmósfera
y se consume en un estero azorado de insomnio.

A fuerza de silencio, se te anegó la hoguera en los escombros de la sombra;
pero a lo lejos
desde el rumor de la ceniza,
escuchas un resplandor silente de la brasa.
Herida de fulgor en el instante,
palpas un grito del incendio
en la textura lenta del espacio.

Es el designio del retorno,
es la inminencia del astro que gravita,
preludio del relámpago por la semilla del asombro
bajo un verdor fugaz en la mirada.

* * *
No es en el agua ingenua de la aurora,
no en el vidrio;
es en la rota claridad del aire arraigada al surco entre la grieta
donde fijo las cuencas de mi cara y a la tierra me aferro con las uñas
palmo a palmo
para subir insomne con las costras del cansancio
sobre las propias úlceras del aliento,
por el torso de la noche hasta la orilla del alba
acontecida sin permiso en algún claro.

Se te caerá la luz por el silencio
y reo en la cárcel de tu risco,
cazador de la sonrisa,
huérfano,
asomarás desnudo en la intemperie
y enterrarán tu nombre con la lluvia, las ausencias.

Pero del fondo de lo amargo
hijos del limo en el derrumbe,
habremos de volver y de improviso despertarnos
y crecer altos,
magníficos,
con una flor ilesa de ternura en las manos
y el hallazgo de la luz sobre la arena en la madrugada.

Entonces el silencio será trigo,
inflorescencia de pan por el desierto de la mesa
tizón en el instante de un canto matutino
y marzos desatados
y maderas en las nubes
y campanas llamando en el instante al vuelo clandestino de la tierra.

 


Selección de la 1era parte del poemario: CRÓNICA DEL RELÁMPAGO cantos del fuego amotinado (2008)


RUBÉN REYES RAMÍREZ, nació en Mérida (Yucatán, México) en 1953, poeta, ensayista e investigador cultural. Ha publicado los poemarios Pequeño brindis por el día (1987), Ocupación del aire (1922), Centinela del espejo (1993), Conjugación de hojas para un crepúsculo (1995), Estrategia para tomar la flor  (2003), Carrusel de arena (2005), Crónica del relámpago (2009) y Memorial de la piedra (2011). Al lado de Fidencio Briceño Chel, coordinó Póopol Wuuj, edición bilingüe maya yucateco-español, Universidad de los Andes (Ediciones El otro el mismo, Venezuela, 2012). Recibió en 2013 la Condecoración Doctor Caracciolo Parra y Olmedo, «Rector Heroico», Universidad de los Andes, Venezuela.


 

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