VERBOS | SOL LINARES


SOBRE EL VERBO PONER

Una gallina llamada Emperatriz abre los ojos. Justo en ese instante, a la altura de su corazón de gallina ―museo de las formas más antiguas del miedo―, algo cruje. Cruje desprendiéndose, en gerundio. De nuevo es esa cosa. Algo, como un dolor redondo, baja de nuevo hacia su esfínter. Es el ducto por el cual una gallina puede hacer varias cosas sin tener consciencia: comunicarse con el exterior, contar los días, ser violada, cagar, y por supuesto, volverse señora. Señoras siempre son, desde chicas. Es la única forma de nacer señora; naciendo gallina. Gallina-gallinae, ovarium obsesivo, loco, testarudo. ¡Si supiera lo bella que se pone cuando finge estar atenta a sí misma! La más abnegada de las ignorantes, la más feliz de las desdichadas. Tan insignificante, que gallina es gallina hasta en latín. De nada sirvió ser nombrada por la lengua del Imperio Romano si nunca derivó en una inflexión, en un adorno romántico. Es tan señora una gallina, que tiene cara de casada desde rompe el huevo. Si pudiera firmar un libro, un cheque, un memorando, escribiría Gallina de Torres, o Gallina de Gutiérrez. Siempre gallina De. Así parece su alma. Y es tan feliz.

Excepto cuando baja esa cosa. Cuando baja esa cosa se asusta tanto que si de casualidad se queda dormida para evadir el dolor, capaz sueña con que se atraganta con un huevo gigante que no la deja cloquear.

Ahí viene de nuevo, eso como un dolor redondo.

Ella se asusta y observa fijamente dos cosas: por un ojo mira el aguadero y por el otro ojo la rueda abandonada de una bicicleta. Casi se reprocha mirar dos cosas al mismo tiempo sin entenderlas. También abre ligeramente el pico, como lo hiciera Greta Garbo cuando va a besarla quien la ha humillado. Ahí viene. Viene eso redondo y mostaza (no lo sabe, y tal vez no lo sepa nunca, que una gallina está llena de crepúsculos. Que todos los días el sol se mete en ella y sale por el culo y es horrible). Ahí viene. Desea escapar y por eso se queda quieta. Estira el cuello. Grita: cló-cló-cló. Y pone un huevo.

Sus esfínteres laxas caen en un abismo interior, en el basurero de sí misma. A pesar de su cara agotada, como si acabaran de encontrarla culpable en un juicio conducido por Ulpiano, Emperatriz estrena su nueva y ovalada maternidad. Se trata de un óvalo que aunque lo ponga cada veinticuatro horas, todavía sigue naciendo. «Este es un huevo persistente», casi piensa. Y como las gallinas piensan en gerundio (en ellas todo está aconteciendo una y otra vez), su pensamiento es más o menos así: «siendo un huevo persistiendo». Cualquiera que las escuche, pudiera pensar que se trata de una turista que no habla inglés pidiendo una dirección en una calle de San Francisco: «¿dónde encontrando gallina que tía viniendo ayer? Es tan simple el hablar de una gallina, que cuando cree que existe, dice: «siendo gallina». Si picotea un ciempiés, piensa en gerundio «pobre ciempiés corriendo tan lento con tantas patas». Por eso si una gallina aprende inglés solo se aprende los gerundios, eating, running, flying, sleeping, con la ventaja de aprender también solo los verbos que la explican como gallina, ni más ni menos.

—Uno aprendiendo de una lengua solo los verbos que usando —explicó Emperatriz a una gallina que en aquella ocasión contaba lo que había hecho en el día: “gallina poniendo”.

Se entiende entonces que una gallina se siente a gusto cuando sueña que una azafata le dice: your boarding pass, please.

Pero hoy Emperatriz está afligida. Cree que el huevo de hoy es el mismo huevo de siempre. Por eso su rostro desesperado, asediado por un déjà vu.

Supone que algo en ella anda mal, porque debe estar muy mal una gallina que pasa su vida poniendo el mismo huevo. Gallina poniendo, piensa.

Es un déjà vu que se atraganta en el esfínter y se empuja como un dolor redondo. Una repetición sin sentido, a merced de un látigo que cae en la misma herida. Cualquier gallina cree, por lo tanto, que todos los meses son agosto; que en el mar nada más hay mantarrayas, que en el mundo solo hay ciudadanos Hemingways, que las rockolas siempre repiten la canción de Thurley Richards I Heard the voice of Jesús; que los pobres camaleones son negros y hasta allí les llega el truco; y que todos los escritores del mundo escriben a la misma hora La conjura de los necios.

Así, una gallina estaría de acuerdo con Miguel Hernández cuando dijo «boca poblada de bocas, pájaros llenos de pájaros». Las cosas llenas de las cosas. ¿Gallinas llenas de gallinas? Emperatriz sacude la cabeza, no soporta un pensamiento tan falaz. Una gallina no está llena de gallinas; está llena de un huevo que nace todos los días a cada rato.

Pero esta vez Emperatriz da un salto en el nido porque justo en este instante se le acaba de ocurrir (ocurriendo) una gran idea. ¿Y si le pone nombre a cada huevo? ¿No quedaría resuelta su incertidumbre? Por primera vez está feliz, y siente tanta compasión, tanta desdicha por las otras gallinas que, ignorantes y lerdas, llenan los cartones con el mismo huevo todos los días.

Echó una mirada a los tres huevos juntitos en el nido. Con ponerle un nombre a cada uno, cada quien será y tendrá un destino irrepetible. Orgullosa por llegar a tamaña conclusión, meditó durante horas los nombres de sus huevos. A uno lo llamaría Ernesto, a otro Juancho, y otra Desdémona. Empolló con tanto sentido del futuro, que planeó a tientas la vida que podía tener un huevo llamado Ernesto, por ejemplo. Ahora que lo piensa bien (pensando), nada le daría más orgullo que poner huevos de escritores y cantantes. Si promueve una atmósfera intelectual, Ernesto pudiera algún día escribir La conjura de los necios, y Desdémona cantar “I heard the voice of Jesús”, y Juancho ser un ciudadano Hemingway.

Pobre Emperatriz, no sabe que Jhon Kennedy Tool jamás vio publicada su obra. Que después de cantar la canción, Thurley Richards quedó mudo, y que Hemingway se voló la tapa de los sesos con una escopeta.


SOBRE EL VERBO PINTAR

A Josué

El niño vive en la casa que dibuja. Cabe en la hoja exactamente lo que tiene. Por esa ventana irregular, más grande que la puerta, es por donde el niño se asoma. Esa puerta, pequeña, ladeada ligeramente hacia un lado como si fuera a derribarse, es la puerta por donde entra la madre del niño que dibuja. Ese perro, con las patas achaparradas, como salidas de los costados, es el perro que el niño que dibuja, acaricia. Esa gallina, más grande que el perro, es la gallina que se come el maíz que el niño que dibuja, le arroja. Ese sol que sonríe a escasos centímetros del techo de la casa, es la esfera que entibia al niño que dibuja. Eso, que el pincel traza como si lo estuviera escupiendo, como si el mundo estuviera constreñido en los tubos del óleo, es lo que el niño que dibuja posee. El niño pinta de azul lo que conviene pintar de azul y ningún otro color podrá oponérsele. Se entiende entonces que la hoja blanca o la pared, no es una hoja, o una pared, sino un espacio para ajusticiar cualquier cosa de naturaleza ideal, y en adelante el cuadro colgado, por decir, no es un cuadro colgado, sino un mundo que no se derrama y que por fortuna tampoco cambia, y que un espejo no es un espejo, sino un agujero en el que nadie entra y del que nadie sale, y que un afiche no es un afiche, sino la sentencia de una gran admiración, y que una guirnalda no es una guirnalda, sino el símbolo de la ternura, y que un retrato no es un retrato, sino un hombre asustadizo, que los peluches no son peluches, sino un gesto amistoso que tarde o temprano debe devolverse, que un título no es un título sino un beso al jinete, que un papagayo no es un papagayo sino una mano larga, que la cabeza de un toro no es la cabeza de un toro, sino la hazaña de un cobarde, que un rifle no es un rifle, sino una ventaja contra el desarmado, que un delantal no es un delantal, sino una piel indolora y lavable, que un ula-ula no es un ula-ula, sino un círculo dentro de otro círculo con tornos apasionados, que la lámpara no es lámpara sino el hogar insospechado del agua, que el almanaque no es almanaque sino una garza aplastada en el miedo, que la guitarra no es guitarra sino una cueva sin zorros, que las medallas no son medallas sino aplausos, y así, todo una cantidad de sentidos que pueden sostenerse atornillados a un ramplú y luego ser expuestos por alguien que cree en lo que cuelga y en lo que exhibe.

Si concedemos a esta explicación una primera ventaja, es el niño el primero en dibujar las cosas cuando son intensamente lo que son, por lo que le basta una casa con tan sólo una puerta por donde se pueda entrar y salir, con una única calzada que conduzca a ella, un único cielo donde caben el sol y la luna, y sus padres, acuarelados, acreyonados, por lo general más grandes que la casa, caminan juntos sobre la caliza y nunca se separan. Aunque esto último no sea cierto, y venga a ser, en resumen, el único error de la pintura.


SOBRE EL VERBO ABORTAR

El río arrastra hacia el mar tantos secretos. Se lleva lejos lo que nadie quiere ver y lo que a veces arranca del borde de las ciudades. Sillas, latas, pañales, casas, mierda, cadáveres, maderos, zapatos. También se lleva lo que sale de los vientres, fetos de humanos interrumpidos. Caen en la poceta como bolsitas té de manzanilla y hacen plop. Dan vueltas en el remolino del váter y luego entran al río perdidos para siempre en el anonimato. La corriente, como no sabe lo que lleva, cree que son peces y también los arrastra consigo hasta que su fuerza los disuelve. Y es todo, un plop. Un plop como un disparo. Un plop como una libertad maldita. Arriba, en un baño, una mujer abrazada al retrete, tiembla. Llora. Maldice el amor, el método de ritmo, el semen. Ahí, arrodillada, también odia al hombre que ama. Odia la saliva del hombre, la sonrisa del hombre, el pene del hombre. Se levanta, va al espejo: su primer tribunal. No está sola. En el espejo está su madre, su padre, Dios, el hombre que ama y odia, el feto que seguramente pudo haber sido varón y pudo llamarse Ignacio. Vuelve a llorar, esta vez con furia, contra sí misma. Se arranca algunos jirones de pelo. Entiende que no podrá sola, que ya nada será igual, porque debajo de todo lo que haga en adelante estará un plop como un disparo. Sale del baño y entra a la recámara, hedionda a pólvora. Sentado en el colchón, un hombre cabizbajo la espera. Sobre su hombría se funda una nueva vergüenza. En la mesa de noche un vaso de malta con canela y el estuche de pildoritas de misoprostol. La mujer se sienta al lado del hombre, odiándolo, necesitándolo. Se miran, como pueden. Saben que el amor ha sido herido, que nada heroico queda en ellos. Él sabe además que ella lo odia y ella sabe que su vergüenza lo destruirá por dentro, por eso se abrazan. Cuando por fin las horas vencen el dolor, duermen abrazados, como dos criminales. Sueñan cosas atroces. La vida continúa, emplea las maneras de un luto subrepticio. Con el tiempo el odio cesa y un buen día se convierte en un profundo terror. La mujer teme al hombre, teme al semen, teme a su placer, teme al amor. Es perseguida por la idea de que nada de esto merece. Se separan. A veces buscará matarse, pero algo detrás de ella la protege. A veces también conocerá a otra mujer que ha perdido un hijo deseándolo, y la envidiará, y querrá morirse. Menstrúa con asco, niños cantan en la sangre, y se pregunta si un hijo podrá redimirla. Antes que nada, va al río, mira en el río la figura de una lápida. Enciende una vela, pide perdón, los árboles responden burbujeando sus hojas.

Años después nace su hijo, como un Cristo. La mujer estrena el amor y un insospechado heroísmo. El hijo se llama Cornelio. Cornelio cumple su primer año, cumple dos, cumple tres. Así crece. Cuando Cornelio apaga las velitas de su torta, siempre apaga una más. Sin saberlo, apaga su velita y la velita de su hermano fallido.

La mujer envejece; ha vivido, ha luchado, ha amado, ha sido feliz. Una noche suspira, es tiempo de irse. Lentamente camina hacia la habitación, enciende la lámpara. Una imagen la desvanece. Sentado en la cama está un ángel, tiene el rostro de su primer amor. Ella avanza, se acuesta a su lado, sonríe. Dice: «hijo». Con la cabeza en la almohada pregunta: ¿Me odias? El ángel responde «no». ¿Has estado cuidándome? El ángel tiende sobre ella una sábana, como siempre, como todas las noches. Y allí se queda, esperándola.


SOL LINARES. (Venezuela, 1978). Novelista, cuentista, ilustradora, correctora de estilo. Actualmente está casada con la ficción y es influencer en su familia. Incursiona en el género de comedia stand up comedy haciendo el ridículo en algunos bares de la ciudad para hacer algo que llama «terapia pública». Su primera novela, Percusión y tomate, le confirió el primer lugar del concurso internacional de novela ALBA Narrativa  2010. Ha ganado premios nacionales con sus libros de cuentos La circuncisa, Cuentafarsas, La silla cruza las piernas, y con su novela Canción de la aguja. Parte de su cuentística ha sido recogida en diferentes antologías plurales y en su blog sollinares.blogspot.com. Todavía no aparece en Wikipedia.


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