TENTEMPIÉ Ι SAMUEL TRIGUEROS

SAMUEL TRIGUEROS

CETRERÍA

 

Cruza la nave. Cruza el ave.

Toca su sombra el cuerpo abajo.

Cruza la sombra de la pluma

en la existencia demediada.

Carne abajo, en la sombra. Arriba,

el vapor tenue de los años.

Empuja el viento la tarde por un acantilado.

En el fondo la música. Su negra espuma.

Mirtos por el rocío de los sueños doblegados,

ayunos de futuro,

saben de la esperanza sin presupuestos asignados.

El corazón suma su terquedad a lo excavado,

rebate la profundidad del hurto.

Le hediondez de la miseria

tiene la misma estructura del perfume.

A los dos

alegoriza en fuego el poema que cubre los cadáveres.

Un cernícalo entra como un rayo.

Penetra a diario en su jardín de sangre.

Hay música en las nubes, sin embargo.

Hay un propósito en los giros de la pluma o la navaja.

Contrapicado blanco.

La carne es música podrida en el pasado.

Aloja el cráneo lo amargo inevitable.

Hay tiempo. Pasan por alto

corceles de vapor electrizado.

Islas de sombra flotan en el aire,

vertiginosas muertes emplumadas.

Hay un proyecto de verdad en la ascensión de los geranios.

Sin embargo, pierde aves la sombra abolida en las terrazas.

El sol contempla la masacre.

El corazón insiste y se hincha de esperanza.

Falta la concesión del aire para apagar los rayos,

para volver las gotas del jardín vaporizadas.

La epifanía es el aroma de un instante. Después

ingresa en catafalco la carroña

y el fisco hace su jugada.

El sándalo de la mirada cae

en la geometría muerta de su sombra.

Y voy soñando una música,

una estructura que no acabe

bajo la sombra herida de los cielos,

al borde pasajero de la sangre.

(de Antes de la explosión, 2009)


A FRONTE PRAECIPITIUM A TERGO LUPI

 

Entro a la noche de tu mudez, de tu desnuda negación, donde la abeja deposita un polen de tinieblas para el devocionario de la ausencia.

 

Entro a la noche, a su bajel calafateado en que las moscas celebran funeral perpetuo para la utopía.

 

Entro a la noche, a pesar el delirio de las horas que penetraron en luminosas cuchilladas hasta la médula de la necesidad y del deseo.

 

Entro a la noche. Soy el astronauta desolado, el pastor de las constelaciones, cuya frontera está en las líneas de tu mano.

 

Entro a escribir una epístola imprecante al guardagujas incorruptible de la muerte.

 

Entro a la noche a bendecir con mi traje de llamas la indómita floresta del cierzo.

 

Entro a la noche como a los intestinos del cadáver sepultado en el corazón secreto de tu patio.

 

Hago girar tu nombre en sílabas y entro al abismo con mi lámpara de quásar. Estoy cauterizando el aire que dejó el censor de los abrazos. Te voy a perforar la piel con luz, como un huésped que transparenta con palabras las paredes del misterio.

 

 

(de Exhumaciones, 2014)


PIGS

 

He visto amigos que Circe volvió cerdos. Su rueda, su diamante.

Los cerdos no saben mis abrigos, mercenarios de las sombras.

Edilberto Cardona Bulnes

 

 

He degollado cerdos, pero Circe insiste en multiplicarlos.

Ellos eran los mercenarios de la educación, los mercenarios del arte, los mercenarios de las relaciones públicas, los mercenarios de la publicidad y del mercado. Ellos eran los mercenarios de la poesía. Hacían tornillos, amistades, versos; se ponían trajes y aretes, asistían al gimnasio de la conveniencia, pesaban clavos y cemento en la balanza chueca de la voracidad. Dejaban tras de sí un perfume exquisito bajo cuya alfombra yacían los cadáveres.

He degollado cerdos que Circe resucita y los emplea en la administración de los nuevos paraísos artificiales, en la distribución de miasma. Collares de ajo dio Circe al empleado del mes, palmaditas en el ego, interminables fricciones en la comisura del glande por donde un líquido salía y quemaba el orbe.

Oigo las gárgaras de mis cerdos degollados, continuamente suturados, sanados con emplastos de hipocresía, con bálsamos de lujuria destilados de la bombilla roja.

Eran, medianamente, revolucionarios: tenían, todos, camisetas rojas, volúmenes incunables de El Capital; todos se habían tragado las ochenta y siete horas de “The cure for insomnia” y en sus cabezas brillaba la mitra del mercado.

A veces –sobre todo contra la melancólica luz de los atardeceres- sufrían ataques terribles de ternura, conceptual y metódica. Entonces era fácil verlos de puntillas evitando masacrar a las hormigas o extinguir los geranios.

Ellos domesticaron el ardor, taponaron con eslóganes los cráteres humeantes, pusieron válvulas finísimas a la protesta, aceleraron el motor de la pubertad; apuñalaron el misterio con Comisiones de la Verdad, empalaron a los juristas, fundaron la oenegé del asco, ellos, ellos, los cerdos que degollé entre líneas, los cerdos, los bohemios de ojos glaucos que derramaron espejismos entre los barrotes de mi celda, los cerdos que doraron la concupiscencia de los diplomas y la diplomacia, los cerdos que cantaron engolados con radiofónica voz en mi funeral, los cerdos que reclamaron derecho de pernada en mis bodas con la eternidad, los cerdos que patrocinaron mi tristeza para ver el anuncio de mi desesperación, los cerdos,

los cerdos,

cerdos, ciertos amigos,

cerdos a los que degollé sin saberlo, hasta ahora que los he perdido y veo cómo devoran los manzanos maduros que caen como galaxias rojas del árbol que alimenté con paciencia y con el resplandor de mis huesos.

 

(de Exhumaciones, 2014)


TENTEMPIÉ

 

¿Alguien puede ir a la casa vecina

a pedir una taza de viento,

unas semillas de macadamia o la clave del Wifi,

para sentirnos menos solitarios?

No. La colina es enorme y nos aplasta.

Como una amante tirana nos abraza.

 

Ángeles de nada custodian nuestro sueño,

pesan el argumento de los huesos,

clausuran nuestras verdades y mentiras,

sellan los boletos y nos dejan

a la espera de un tren que lanza

vapores a través de capas de piedras y raíces.

 

Alguien canta en su mente una canción lejana.

Alguien siente que colocan sobre su cabeza

manojos de flores y de lágrimas.

 

Alguien no está.

Sobre la mesa de antes están las moscas que me amaban.

Buscan entre los escombros al ausente,

a este que duerme en la colina.

 

En medio de la estática,

somos la cajita de semillas que devora

el arcángel de las larvas.

(de Una canción lejana, 2022)


SAETA

 

Ya no hay tiempo ni motivos para ver hacia otros corazones.

La tarde se precipita contra los ilusorios girasoles.

Sólo la hierba crece y nuestra heredad es apenas

el equívoco ademán amargo de la noche.

 

Siempre es el primer día.

Nuestra edad es la inacabable fuente

de todos los instantes.

Somos animales salvajes.

Bebemos de los arroyos extintos.

Nadie nos advirtió de la saeta

que acabaría por desangrar las horas.

 

El escarabajo estercolero

–ese humilde Sísifo de las praderas-

es más feliz que la congregación de hierbas

alimentadas por la fosforescencia púrpura

de nuestros jugos,

por nuestras cabezas de sol

dormidas entre bulbos vegetales.

 

Un ciervo baja a beber a la corriente.

Lo vemos.

Todo el boscaje de pronto se oscurece.

Una ballesta dispara un adiós

y no hay tiempo para despedirnos.

 

El sol es una idea extraña,

apenas una más de las heridas.

(de Una canción lejana, 2022)


SAMUEL TRIGUEROS Honduras-España Escritor, editor de textos, actor y director de teatro. Además de su obra poética y narrativa, ha escrito libretos y guiones para teatro, radio y video. Dirige el Taller Helecho poético, tanto en su modalidad internacional como la que corresponde a Zaragoza. Presidente de la Asociación Poética Aragonesa Bonhomía. Director del Festival Internacional de Poesía de Aragón. Fundador y director de Nautilus Ediciones-España. Parte de su obra publicada: El trapecista de adobe y neón, Animal de ritos (Premio Víctor Hugo 2003), Antes de la explosión, Me iré nunca (Premio de Narrativa Mirando al sur 2009), Exhumaciones, Una despedida (novela breve), Retrato con una gota de ámbar (Premio Narrativa de migraciones «Acercando Orillas» 2018, Zaragoza), Una canción lejana y la Antología personal 1992-2021. Su obra ha sido incluida en publicaciones como: Panorama crítico del cuento en Honduras y La palabra iluminada, antología La hora siguiente, Versofónica, La herida en el sol. Poesía Contemporánea Centroamericana (Universidad Nacional Autónoma de México-UNAM), La minificción en Honduras, Papel de oficio, Cordite (Revista de poesía, Australia), Gatimonio (Poemas de gatos. Antología de poetas hispanoamericanos, Editorial Lebas, Madrid), 15 poetas hondureños contemporáneos (Los trabajos del tiempo. Uniediciones. Bogotá), entre otras.

 

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