TE AMO, INFANCIA, TE AMO │ VICENTE GERBASI


                 MI PADRE, EL INMIGRANTE

                                                                                                                    VII

Tu aldea en la colina redonda bajo el aire del trigo,
frente al mar con pescadores en la aurora,
levantaba torres y olivos plateados.
Bajaban por el césped los almendros de la primavera,
el labrador como un profeta joven,
y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo.
Y subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas.
Era una pobreza alegre bajo el azul eterno,
con los pequeños vendedores de cerezas en las plazoletas,
con las doncellas en torno a las fuentes
movidas rumorosamente por la brisa de los castaños,
en la penumbra con chispas del herrero,
entre las canciones del carpintero,
entre los fuertes zapatos claveteados,
y en las callejuelas de gastadas piedras,
donde deambulan sombras del purgatorio.
Tu aldea iba sola bajo la luz del día,
con nogales antiguos de sombra taciturna,
a orillas del cerezo, del olmo y de la higuera.
En sus muros de piedra las horas detenían
sus secretos reflejos vespertinos,
y al alma se acercaban las flautas del poniente.
Entre el sol y sus techos volaban las palomas.
Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza.
Tu aldea estaba sola como en la luz de un cuento,
con puentes, con gitanos y hogueras en las noches
de silenciosa nieve.
Desde el azul sereno llamaban las estrellas,
y al fuego familiar, rodeado de leyendas,
venían las navidades,
con pan y miel y vino,
con fuertes montañeses, cabreros, leñadores.
Tu aldea se acercaba a los coros del cielo,
y sus campanas iban hacia las soledades,
donde gimen los pinos en el viento del hielo,
y el tren silbaba en lontananza, hacia los túneles,
hacia las llanuras con búfalos,
hacia las ciudades olorosas a frutas, hacia los puertos,
mientras el mar daba sus brillos lunares,
más allá de las mandolinas,
donde comienzan a perderse las aves migratorias.
Y el mundo palpitaba en tu corazón.
Tú venías de una colina de la Biblia,
desde las ovejas, desde las vendimias,
padre mío, padre del trigo, padre de la pobreza.
Y de mi poesía.

                                                                                                             XXV

Están en ti mis orígenes,
mis dioses, mis resinas, mis sueños.
En tu vida de ayer y en tu muerte de hoy,
en el grave silencio que te guarda
en un bosque de flores de elevados tallos
en la penumbra de la música y las luciérnagas.
Va por las comarcas de iluminadas grutas,
de reflejos violetas y de truenos azules,
sin haber interrumpido la ascensión de tu ser,
porque la muerte nos acoge en sus leyendas
y en sus graves dominios de cerezos en flor.
Ella… Ella… La que nos devuelve la memoria
doliente de la esposa, del hijo, del amigo,
y acerca los perros a las tumbas,
y agita mariposas en torno a nuestra frente,
y da suaves movimientos a los retratos en los aposentos.
Ella… Ella… La que tan ardorosamente ignoramos.
¿Cómo he de aguardarla yo en mi angustia?
¿Qué anuncian los coros que a veces oímos
más allá de las arboledas vespertinas?
¿En cuál de nuestros oscuros sobresaltos
ha estado junto a nosotros, mirándonos,
desde su ventana de frío e inolvidables pinos,
como en un espejo de sufrimientos
y de hundido son de campanas,
en ese momento en que nos miramos el rostro con indiferencia,
con recuerdos, y pensamos en el pan de todos los días?
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Tú eres ya el habitante de los reflejos y los ecos,
pero aún oigo tu voz y tu corazón y veo tu sonrisa
y tu barba blanca y tu mano fuerte.
Tu mano, que un día, tuyo, y con palabras tuyas,
de alguien se despedía desde un golfo perdido,
en ese momento en que aprendías a estar solo,
viendo los distantes navíos, los amantes en las playas,
los pescadores moviendo sus barcas hacia las olas.
Eras el que sabía avanzar con su vida,
entre las cosas que están aquí,
para el hombre, para el que vive, para el que se debate.
Las cosas que están aquí sobre la tierra,
y pasan junto a nosotros para habitar en la memoria
y edificar nuestra existencia resonante.
Vienen de ti mi afán y mis palabras,
y es tu sangre la que dice con mis labios:
hierro, pan, campana, frente, piedra, flor, caballo,
casa, sartén, naranjo, césped vespertino,
romero, yerba, clavo, cayena y astromelia.
Y está aquí mi existencia con hijos en las horas,
con hijos que me llaman en las horas,
buscándose a sí mismos en las horas.
Y estoy aquí para llevarles pan,
y andar por la ciudad con mi destino,
correr entre relojes con mi angustia,
y contemplar los astros, y mirarme las uñas,
y gritar hacia adentro y hacia el mar,
y hacia la noche, y hacia mi madre,
y hacia los grandes estremecimientos del mundo.
Y estoy aquí buscando las respuestas de mi sangre,
los signos solitarios que me hieren,
mis huellas que me siguen en la tierra,
mis huellas que vienen de tu vida,
padre mío, padre de mi pesadumbre.
Y de mi poesía.

De Mi padre, el inmigrante

 


                TE AMO, INFANCIA

Te amo, infancia, te amo
porque aún me guardas un césped con cabras,
tardes con cielos de cometas
y racimos de frutas
en los pesados ramajes.

Te amo, infancia, te amo
porque me regalaste la lluvia
que hace crecer los riachuelos de mi aldea,
porque le diste a mis ojos un arcoiris sobre las colinas.

¿Aún existen los naranjos
que plantó mi padre en el patio de la casa,
el horno donde mi padre hacía el pan
y doradas roscas con azúcar y canela?

¿Recuerdas nuestro perro que jugando
me mordía las piernas y las manos?
Nacían puntos de sangre, un pequeño dolor,
pero todo pasaba pronto con el sabor de las guayabas.

Te amo, infancia, te amo
porque eras pobre como un juguete campesino,
porque traías los Reyes Magos por la ventana.

Un día llevaste a la puerta de mi casa
un hombre de barba que hacía bailar un oso a golpes de tambor,
y otro día le dijiste a mi padre que me regalara un asno negro.

¿Recuerdas que tú y yo lo bañábamos en el río?
¿Recuerdas que había una penumbra de bambú y helecho?

Te amo, infancia, te amo
porque me ponías triste cuando estaba enfermo,
cuando mi madre me hablaba de su tierra lejana.

¿Recuerdas? Una vez me mostraste un eclipse a las diez de la mañana
y las aves volvieron a dormir.

¿Existe aún aquel niño sin parientes
que un día bajó de la montaña
y me pidió el pan que yo comía en la plaza de la aldea?

Te amo, infancia, te amo
porque me dabas panales de miel en la casa de la escuela,
porque me llevabas al sitio donde vivían las vacas.

Te amo, infancia, te amo
porque me regalaste mi aldea con su torre,
y sus días de fiesta con toros y jinetes y cintas
y globos de papel y guitarras campesinas
que encendían las primeras estrellas más allá de los árboles.

Te amo, infancia, te amo
porque te recuerdo a cada instante,
en el comienzo del día y en la caída de la noche,
en el sabor del pan,
en el juego de mis hijos,
en las horas duras de mis pasos,
en la lejanía de mi madre
que está hecha a tu imagen y semejanza
en la proximidad de mis huesos.

De Los espacios cálidos

 


               LA CASA DE MI INFANCIA

Por la arena de la noche galopaba un jinete sin cabeza.
Al fondo una iglesia blanca
y más lejos la colina del calvario donde duermen los mendigos.
Veía correr un río de apretujados conejos blancos en la sombra.
Oía el viento de los fuegos fatuos,
el rumor de las calaveras en los rincones de los cactos,
voces oscuras reunidas en los corredores.
En mi aposento ardía una lámpara de aceite al pie de un Cristo ensangrentado.
Colgaban murciélagos del techo,
sombras con alas de murciélago,
rumores de cielo raso,
lentos rumores de espesa tela nocturna.
Yo veía con los ojos de la sombra,
con los ojos de las hojas,
con los ojos de las grandes rocas frías de la noche.
El Tirano Aguirre lanzaba bolas de fuego
en la comarca de los toros salvajes,
en las plantaciones de tabaco,
entre los espantapájaros con sombreros de paja.
Mis hermanas habían dejado una tijera abierta en el patio de la casa
para que las brujas cayeran entre los tulipanes,
bajo los naranjos, donde los relámpagos iluminan vitrales de llanto.
Mi aldea estaba sola en la noche,
mi casa estaba sola en medio de los tamarindos y las palmas,
y el jinete sin cabeza galopaba hacia el fondo,
hacia los juncales del río,
donde las primeras lumbres se dispersan en los grillos.
Las casas comenzaban a salir de la sombra,
de las casas comenzaban a salir los ancianos.
Había un mendigo dormido de perfil,
con barba de nube en el aire de la aurora.

De Los espacios cálidos

 


                  Claudia

Claudia viene
de sus muñecas
y de las golondrinas.
Claudia tiene ahora trece años.
Yo viajé por mis edades,
tengo un perfil de soledad,
un perfil de llanto,
lágrimas en el perfil.
Claudia como yo se casará.
Tendrá hijos.
Consuelo y yo
tal vez
los veremos.
Claudia me llevará al cementerio.
Claudia verá
como bajarán mi urna al fondo del
tiempo.
Claudia tendrá sus nietos.
Ella seguirá diciendo
como una vez me dijo en un parque
de Port of Spain
en una mañana
de cielo tempestuoso:
“Abuelo, tú y yo somos
los únicos dueños de la lluvia”.
Claudia morirá
y sus hijos
y sus nietos
verán como la bajarán
al fondo de la eternidad.

De Un día muy distante

 


              Amanecer en Canoabo

Después
de una lenta madrugada
lluviosa
el amanecer
mueve grandes hojas
en el reino
de las montañas
musgosas
como en un nacimiento.
Me veré otra vez
en los ojos
de las ranas
sobre las hojas
para no morir.

De Un día muy distante

 


VICENTE GERBASI (Canoabo, 1913 – Caracas, 1992)
Poeta, ensayista, cronista, político y diplomático venezolano. Sus libros de poesía, Vigilia del náufrago (1937), Bosque doliente (1940), Liras (1943), Poemas de la noche y de la tierra (1943), Mi padre, el inmigrante (1945), Tres nocturnos (1946), Poemas (Bogotá, 1947), Los espacios cálidos (1952), Círculos del trueno (1953), Tirano de sombra y fuego (1955), Por arte de sol (Chile, 1958), Olivos de eternidad (Jerusalén, 1961), Alegría del tiempo (1966), Poesía de viajes (1968), Rememorando la Batalla de Carabobo (1971), Retumba como un sótano del cielo (1977), El Tirano Aguirre (1978), Antología poética, 1943-1978 (1980), Edades perdidas (1981), Los colores ocultos (1985), Obra poética (1986), Un día muy distante (1988), El solitario viento de las hojas (1989), Iniciación en la intemperie (1990), Antología poética (Colombia, 1991), Diamante fúnebre (1991), Los oriundos de paraíso (1994). Hijo de inmigrantes italianos, llegados a Canoabo, Carabobo; a los 10 años fue llevado a Italia, donde estudiará la secundaria y posteriormente cursará Filosofía y Letras en Florencia. Regresó al país en 1929, participando en 1937, de la fundación del Grupo Viernes, junto a Pascual Venegas Filardo, Luis Fernando Álvarez, y otros; y también, del Partido Democrático Nacional, al lado de Rómulo Betancourt. Fue cofundador de las revistas, Viernes (1939), Bitácora (1944) y Revista del Caribe (1949). En 1939, es nombrado Secretario de la Revista Nacional de Cultura, hasta 1946; luego, a partir de 1971, se desempeña como Director de esta publicación, hasta su muerte en 1992. Cumplió una dilatada trayectoria como Diplomático, siendo Agregado Cultural de la Embajada Venezolana en Bogotá, Cónsul de Venezuela en Cuba y en Ginebra, Consejero Cultural de la Embajada Venezolana en Chile y Embajador de Venezuela en Haití, Israel, Dinamarca, Noruega y Polonia. Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos, Premio Municipal de Poesía (1944), Premio Nacional de Literatura (1968), Premio Conac de Poesía Francisco Lazo Martí (1982), Premio de Humanidades Arturo Uslar Pietri (1988). Fue nombrado Profesor Honoris Causa por las Universidades, del Zulia (1981) y Simón Rodríguez (1982); en 1984, le fue otorgado el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Carabobo. En 1989, fue incorporado como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Sobre su obra poética, Eugenio Montejo dijo, “la luz espejeante y nítida de su paisaje… me resultaba inseparable de la iluminación verbal de sus poemas”.

Leave a Comment

Categorías