UNA VIDA, SU VIDA │ VICTORIA DE STEFANO


 

EL FIN DE LA GUERRA

En 1946 salen del puerto de Nápoles, donde vivían su abuela y su bisabuela paterna, sus padres y sus cuatro hermanos, en edades que iban de los diez a los tres años. Puerto de desembarque, Nueva York. Conserva borrosa la silueta de la ciudad elegante verticalizada en el horizonte, el color azul plateado de la bahía surcada de grandes embarcaciones. Recuerda la fragancia del océano, las grúas, los puentes, los rascacielos que producen miedo. Recuerda, tras la primero excitante y luego angustiosa exploración, yendo y viniendo, sola, sin sus hermanos, de los largos pasillos recorridos por tuberías, la vaporosa sala de los manómetros, con sus relojes, sus contadores y mangas de incendio, haberse colado en el comedor de los oficiales. Era la hora feliz en que la nave, un buque de guerra acondicionado para llevar pasajeros, un cascarón de 9.000 toneladas de cemento armado construido en los astilleros de Pensacola, se deslizaba sin nada que le opusiera resistencia mientras las sirenas sonaban como cantos de ballenas anunciando su recalada en mares más calmos y seguros.

Recuerda el bronce bruñido de la barra, el brillo de la madera, la vajilla, la cubertería, los manteles impolutos, el orden y simetría de las mesas puestas para el desayuno de los oficiales. Y aún más vívidamente, la invitación del mesonero negro, su único ocupante, con su chaquetilla blanca, su pantalón negro y su gran estatura, desplegando una sonrisa cuyo criterio de calidez era su propia decencia y en conocimiento de causa, la solidaridad con los niños del castigado continente. Le obsequió, sentado frente a ella, alentándola con grandes parpadeos (¡Anda, come, come!), un nunca visto desayuno con croissants, muffins, mermeladas, mantequilla y auténtico café con leche, dulce y cremoso. Dialogaron acoplando muecas, señas, movimientos de cabeza, interjecciones rebosantes de alegría. Y ella, emocionada y a la vez confundida de ser agasajada por alguien que sonreía y sólo sonreía ─así, fija en la memoria, la gloria bondadosa de su fisonomía─ pensó que él debía creer que ella estaba de cumpleaños, qué otra explicación si no. Se impuso el rubor de la vergüenza, y tras el rubor (nunca en la vida enrojecería tanto), el silencio y los ojos bajos con que, replegándose sobre sí misma, trataba de dilucidar el sentido y naturaleza de ese inexcusable malentendido. ¿Cómo, con qué palabras disuadirlo de su error? ¿Y si tal vez sólo la honrara, y si tal vez sólo la festejara porque sabía que tenía hambre y carestía de los sabores secretos, secretos por desconocidos, de esas cosas, con inclusión de sus aromas y texturas, blandas, deliciosas, que son los primeros e impagables placeres que se les debería permitir satisfacer a los niños?


 

NAVEGACIÓN

 

Van hacia el poniente. Los acompañan los delfines por un tiempo. Ven las luces de Algeciras, de Ceuta. Pasan el estrecho de Gibraltar, las columnas de Hércules en el día. Para ella, como para Colón antes de embarcarse, la tierra, el suelo en que se apoyaba, era con toda seguridad y en razón de su redondez, circunnavegable. Después de algo peor que mal tiempo, les permiten subir a cubierta. El océano Atlántico era un abismo en el que arreciaban las fuerzas de la naturaleza, y verdaderamente ese era un pequeño buque artillado (un Liberty, uno de esos barcos de carga muy usados durante la segunda guerra) acondicionado para transportar pasajeros, un eufemismo para referirse a expatriados e inmigrantes. Un cascarón de 9.000 toneladas y 135 metros de eslora, construido en los astilleros de Pensacola. Todo lo que sabía de barcos lo había escuchado decir a sus padres: los submarinos, el hundimiento del Titanic, los icebergs, el círculo polar ártico.

Una mañana, cerca del final del viaje, el telón de bruma retrocede, el oleaje se aplaca, el barco renace de las aguas. Lo descubre solo, con la mirada perdida, inclinado hacia adelante. De no ser por los anteojos de pasta negra no lo habría reconocido. Lleva puesta una boina azul, fuma en pipa, dos cosas que no le ha visto usar o hacer nunca. Está flaco, pálido, mal afeitado. Hacía tres o cuatro días que no salía del camarote, más bien la sala de cuchetas que compartía con otros hombres, igualmente pálidos, desnutridos, con los que, dado su carácter reservado y su refinado gusto por el aislamiento, había debido mantener el más cortés y restringido de los tratos.

El puente comienza a llenarse de gente. Hay hombres que se aprietan a sus abrigos y a las manos de sus hijos. Otros se tambalean con los párpados que se caen de no haber dormido. Algunos comen naranjas para asentar el estómago. Hay madres que se reúnen a conversar, madres que se dirigen a los lavaderos con sus tablitas de madera y bultos de ropa como si fueran a lavar al río. Hay familias que se van reencontrando después de no haberse visto en días. Él está ensimismado, se quita la boina azul. Alisándose el lacio pelo oscuro, se hunde en la zona oscura de sus propios pensamientos. Aflicciones, pesares, recuerdos. ¿Tendrá sus momentos de duda? ¿Reflexionaba sobre el futuro, como parecían confirmarlo sus labios apretados a la pipa, o ya se lo veía venir con todos sus acontecimientos, balanceándose de una a otra orilla? Tiene cuarenta y cuatro años, su madre treinta y cuatro. Ella aún no sabe que eso es ser jóvenes todavía. No se le ocurre pensar que se hallan, pese a lo agobiados que lucen, en la curva vital de su apogeo.

Su instinto le dicta que no debe interrumpirlo. Esperará a que su padre la vea. Pero él no la ve, se levanta, se pasea de un lado a otro del puente, se asoma a la borda, mira la luz difusa al infinito. El viento sacude los faldones de su impermeable, gris, clásico.

Cuando ya lo había olvidado, entretenida en bajar y subir escalerillas sin coacción ni tutela de los hermanos, se lo tropieza cerca de los botes salvavidas. No tiene que esforzarse en hacerse la sorprendida. Él le extiende los brazos, le dice que solo faltan un día y una noche de navegación. En la mañana del día siguiente estarán atracando: el día D. No deben perderse el espectáculo. A ella le tiemblan las rodillas de pura impaciencia. Ahora llega su madre el menor de los hermanos, en brazos. Hay niebla, a babor baten pequeñas olas, el mar cada vez más tranquilo. Su padre lee la pizarra. El tiempo ha mejorado. Llegaran a puerto de Nueva York con el sol tibio de final del verano, ya entrado el otoño. De noche, un muchacho de pelo rojizo castaño, conversa con su hermano que tiene nueve, pero es mucho más alto. Debe tener doce, pero a ella le parece todo un hombre. Recostado de un rollo de cuerdas, rompe a tocar la armónica. Todos se sientan a su alrededor a escucharlo. Solo se ven algunos cigarrillos encendidos. Al rato su madre viene a buscarlos. Mañana habrá que despertarse muy temprano.

Se acodan en la barandilla del puente, salpicaduras en la cara, en los brazos, al azote de la brisa marina. El barco navega muy lento. El constante crujir del casco, el trepidar de la sala de máquinas, las manos pringosas por el salitre del océano. Hay una misa. En realidad, dos misas, una en la que cantan himnos y alabanzas difundidos por altavoces. Otra para los católicos en un altar improvisado en la sala de cine, con una virgen de gran aureola al fondo. Un viejo hace de monaguillo.

 

De: SU VIDA (El Taller Blanco Ediciones, Colección Comarca Mínima, Bogotá, 2019)


 

VICTORIA DE STEFANO (Rímini, Italia, 1940)

Narradora, ensayista, profesora universitaria y filósofa italovenezolana. Entre sus libros, El desolvido (Ediciones Bárbara, Caracas, 1970), Poesía y Modernidad, Baudelaire (Fondo Editorial de Humanidades y Educación, UCV, Caracas, 1984), La noche llama a la noche (Monte Ávila Editores, Caracas, 1985), El lugar del escritor (Grupo Editor Alter Ego/Editorial Arte, Caracas, 1992), Cabo de vida (Editorial Planeta, Caracas, 1994), Historias de la marcha a pie (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 1997), Pedir demasiado (Fundación Bigott, Caracas, 2004), La refiguración del viaje (Universidad de Los Andes, Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, Mérida, 2005), Lluvia (Editorial Candaya, España, 2006), Paleografías (Editorial Alfaguara, Caracas, 2010), Diarios 1988-1989. La insubordinación de los márgenes (El Estilete, Caracas, 2016), Su vida (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019), Vamos, venimos (Editorial Seix Barral, Bogotá, 2020). Es una escritora venezolana, nacida en Italia, quien llegó al país suramericano a los 6 años de edad, en 1946. Licenciada en Filosofía por la UCV (1962), de Stefano trabajó como investigadora en el Instituto de Filosofía de la UCV y dio clases de Estética, Filosofía Contemporánea y Teoría del Arte y Estructuras Dramáticas, en las Escuelas de Filosofía y de Arte de la Universidad Central de Venezuela. Es Profesora Titular jubilada de la Escuela de Filosofía de la UCV. Recibió el Premio Municipal de Ensayo en 1984, por Poesía y Modernidad, Baudelaire. En 1998, obtuvo el Premio Municipal de Novela por Historias de la marcha a pie, y con esta misma narración, fue finalista del Premio Rómulo Gallegos, ese año. La Universidad de Los Andes le otorgó, en 2012, el Doctorado Honoris Causa en Letras. En 2018 le fue conferida la Orden di Cavaliere por el gobierno de Italia. El escritor Ednodio Quintero, al referirse a ella y a su obra, dijo, “Desde hace algunos años, cuando me preguntan quién es a mi juicio el mejor narrador venezolano vivo, respondo sin vacilación y sin consideraciones de género: Victoria de Stefano”.


        

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