POEMAS DEL NORTE Y DEL SUR | VIOLETA OROZCO


EL ALTAR: ELEGÍA A GLORIA ANZALDÚA

Desde Mesoamérica hasta Aridoamérica
iré peregrinando hasta encontrar tu tumba, Gloria
para dejar flores que no hayan crecido
en el polvoso pueblo de Hargill, Texas,
entre los campos de algodón y caña de azúcar
allá en el otro México
el que se reflejaba en el espejo distorsionado
del Río Bravo y Grande
-el lado oculto de nosotros mismos-
allá en donde el primer mundo
raspa al tercero hasta sangrarlo
como tú decías en tus caminatas fronterizas
porque no eras tú la que caminaba como equilibrista
sobre la línea quebradiza de la frontera
sino que la frontera eras tú
la atravesada
la que se quedó detenida en medio del desierto
y se atrevió a proclamar en él
en el reino poético de Nepantla
su amor a las mujeres y a los morenos
a los indios y a los mexicanos
a los obreros y a los campesinos
que se odiaban a sí mismos
y a su imagen en el espejo de la historia.
Cómo decirte, aquí ante tu lápida,
que ese amor enorme, ese amor a tantas
que habíamos hecho aquel odio nuestro
floreció dentro de nosotras. Y que tú, Chicana, Nepantlera,
poeta del mundo zurdo
en el que habíamos vivido sumergidas tantas mexicanas y chicanas
nos diste un hogar a dónde pertenecer
mas allá del país fragmentado
en donde tantas murieron en la guerra de tierras y lenguajes
atravesadas por ambos costados
nuestros cuerpos escarificados
resistiendo y esperando
una voz que nos llevara hasta ti, hasta aquí
hasta este momento en que las dos mitades
se reconocieran la una en la otra
y dieran un paso hacia sí mismas
hacia ese lugar sin bordes ni límites
en donde tú sí lograste quedarte.


CAGUAMA MIGRANTE

Porque yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa
pero yo nunca fui yo, no me dejaban ser
Era, como la tortuga, una isla flotante
que lleva su continente en miniatura sobre la espalda.
Yo era el puente y la espalda apuñalada
la tortuga arrancada de su concha
era el puente y la ciudad enferma
arriba del océano de plomo
en el barrio Boricua de Bushwick
Nosotras mismas éramos
lo más sólido que teníamos
sobre la tierra, quiero decir sobre el agua
porque vivíamos sobre el agua
todo ese tiempo.
Nos burlábamos de todos aquellos
que creían en la dudosa
solidez del continente.
Terra firma, ciudades disecadas
como en un museo donde no pasan huracanes
la casa se mantiene en pie
sus intactos intestinos
agazapados bajo la concha.
Yo vine de una ciudad despojada de su lago,
todos mis edificios fundados sobre la cama de un río.
Ay, querida Tenochtitlan, majestuoso Texcoco
ustedes entendían mejor la solidez del agua
la sublime arquitectura de las acequias
y los canales. Sabían que sin el agua
se retirarían los anfibios
como la costa se retira de la playa
se disolvería el consejo de sabios
los ajolotes regresarían a las cavernas
las ranas hibernarían por mil años
debajo de la tierra, las tortugas cruzarían
fronteras líquidas y terrestres
atravesarían membranas sólidas
hacia otras dimensiones
adaptarían su cuerpo al agua salobre
atravesarían el océano de isla en isla
como la canoa del Kon Tiki.
Algunas se detendrían en las Antillas
Otras habrían de buscar archipiélagos
parecidos a su infancia
fragmentada entre ocho mundos
tres raíces cuatro herencias dos idiomas.
De las Filipinas a la Polinesia
allá del otro lado del sol
donde tu noche es mi día
donde fundaste tu casa de agua
fuera de tu patria, allá donde eras
más tú que contigo, donde yo al fin era yo
y mi casa al fin
era mi casa.


LA NOCHE DE LA IGUANA

Puerto Vallarta, once de enero
el camino de piedra bajo los pies descalzos
la iguana podía salir de noche
no tenía depredadores naturales
la noche era suya para rondar libremente la bahía
buscando insectos que asomaran sus cabezas
en medio del silencio. En ese entonces el mar
aún no enrojecía. Esperaba como un cuerpo
la noche para amarlo
y absorbía toda la luz
como un hoyo negro
almacenaba la música
como una piedra que lima el agua
tan sólo para tocarla
sus cuerdas pulsando el arco
en olas que esperan la luna
para esparcir la calma.
La iguana, agazapada, camina entre la arena.
Con la cabeza alzada
escucha al silencio estremecerse.
Esta es la playa donde fue a parar
Esta es la noche donde fue a quedarse.


LAGO DE TEXCOCO

Los días duros, pero posibles.
la memoria de la ciudad sin agua
el lecho sin lago
la ciudad azul erigiendo sus recuerdos
en los nombres de calles y calzadas calcinadas
cisternas de labios partidos
cerros de cactos agazapados esperando la catástrofe
perros caminando con la mirada al suelo
buscando los charcos podridos donde algún alivio
o sapo descompuesto
pudiera llenarles la panza
la basura edifica ciudades
más altas que la marea
Mi ciudad existe.
existo porque nado
en el humo sólido del smog
que anida entre las piernas verdes
de las montañas apagadas
extendiendo mi piel quemada sobre la faz de la tierra
de esta tierra temblorosa que hierve sobre la sed
este telar de espejos reluciendo en el espacio
como el reflejo de un lago desvanecido
entre los espejismos del milenio.


DOLOR DE INFANCIA

ahí dentro en ese ojo
hay un Niño herido que me duele
sáquelo doctor no quiero verme
no quiero, no
Ahí dentro
hay una dura luna
que no sabe apagarse con el día
me estoy quedando ciega
de tanto verla
aquí
porque hay un árbol
de corteza ronca y ay
ahí no crece.


CARTA

Empecé escribiendo
como tantas,
poemas de amor
a sujetos que me despreciaban.
Ya no me desprecian.
Ya no escribo.


VIOLETA OROZCO (Ciudad de México, 1989) es una escritora bilingüe, traductora e investigadora mexicana. Autora de los poemarios El cuarto de la luna (Literal 2020), As seen by night/La edad oscura (en imprenta) y The Broken Woman Diaries (en imprenta). Es colaboradora de Nueva York Poetry Review, en donde traduce poetas Mexicano-Americanas y Latinas al español en su sección Lenguasuelta. Estudió Filosofía y Letras inglesas en la UNAM, y es egresada de la Maestría en Lengua y Literatura Hispánicas por Ohio University. Realiza el doctorado en Romance Languages and Literatures en University of Cincinnati en donde se dedica a investigar literatura chicana.


 

 

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