PERO YO LE APOSTÉ AL ROCK AND ROLL | WILLIAM VELÁSQUEZ

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LA NOCHE STONIANA
(Time is on my side)

¿En qué peñascos se descalabraron,
por siempre jamás,
las piedras rodantes de mi juventud
donde solía hacer maromas,
corría y saltaba de una a otra;
cantaba y jugaba con el fuego?

Mi adolescencia fue un blues desafinado;
un Círculo de Sol torpe y anacrónico
amenazado por los caballos salvajes
de la tabla periódica y la trigonometría.

Pero al final de cada noche,
            ensimismado e ileso,
a dúo con Mick Jagger desde la casetera
entonábamos por horas aquel estribillo:

            “Time… time… time…
                        is on my side… yes it is…”

hasta que, algo convencido o engañado,
mi cuarto se iba pintando de negro
y, poco a poco, me quedaba dormido.


HÉROE DE TRES ACORDES

“A working class hero is something to be”
JOHN LENNON

Para mis hijos
Paula, Wendy e Ignacio

A los veinte años, fue frustrante escuchar
la recomendación de Lennon:
“hay que ser un héroe de la clase obrera”.

Con esa edad usted quiere
despotricar contra el mundo tras una guitarra,
ejecutar solos de quince minutos
entre escalas psicodélicas.

Usted quiere ser la Morsa,
no ese tipo de gafas, overol y barba,
que incitaba a las rebeliones
con una cancioncilla de tres acordes.

Lo imagina sentado en una mansión,
incapaz de calcular su fortuna;
recuerda aquel comentario megalómano del ‘66
que desató la quema de sus discos,
compara la belleza de Cynthia Powell
con las horribles tetas de Yoko Ono
en la carátula del Two Virgins,
y por un minuto aprueba
las perturbadas balas de Chapman.

Pero el precoz anuncio de la paternidad
me hizo acatar su consejo:
cambié las seis cuerdas por un oficio,
trabajé jornadas interminables;
las noches de gloria del rockstar que iba a ser
fueron horas extra entre maquinarias,
tiaminas y tazas de café,
sacrificando el sueño para redondear un mal sueldo,
porque pasaba el tiempo,
las niñas ya iban a la escuela,
y en el vientre de mi esposa
el hijo menor coronaba la familia.

Dos décadas después me resigné a que la fama
no guarda pedestales para entronar mi sombra,
ya casi olvido la forma de tocar la guitarra,
sé cómo convivir con la calculadora.

Comprendí que mis hijos son esos tres acordes
que buscaba entre delirios,
y para ellos soy un héroe
hecho de historias, complicidad y juegos.

El karma es un esperpento de ojos vendados
y aunque la vida nos desgasta,
después de todo, tenía razón John Lennon.


LA NOCHE EN QUE TOM WAITS CREÓ LA LLUVIA

“Open up the heavens
Make it rain!”
TOM WAITS

Tom Waits se acerca al micrófono.
Carga en sus dedos un cigarrillo.
Dos ángeles de nicotina
crecen a sus espaldas.
El contrabajo gime un lamento
parecido a la tormenta.

Tom desperdiga su telúrica voz
sobre la audiencia.
            Todavía no fuma.
Quiere que los ángeles
copulen sobre el escenario.
Quiere creer en la gracia del mundo.
Presume su dicción de Dios paupérrimo
para rasgar el nubarrón
            y hacer que llueva.

La guitarra es un cuervo que pasa graznando
y se lleva en sus garras
los ojos de los músicos.

Waits gesticula contra las puertas del Hades,
y envuelve a sus feligreses
con el humo del misterio.

Empuja las manos al cielo y ordena:
“Hágase la lluvia…”

Entonces, un diluvio
que durará cuarenta noches,
convierte los altavoces en cataratas
que arrastran el piano
y su sombrero de copa
hasta las últimas comarcas
del infierno.


‘ROUND MIDNIGHT

En ocasiones,
la noche decanta su cicuta en mi desvelo,
las falanges de Thelonious Monk
percuten las teclas de un piano de sombras,
el reloj junta sus manecillas,
yo entrecierro mis ojos
            y lloramos al unísono.


MI PADRE DEBERÍA LLAMARSE BOLERO

A mi padre,
Rafael Ángel Velásquez

Así como Lennon decía que Chuck Berry
era el otro nombre del Rock And Roll;
si yo pudiera rebautizar a mi padre
le llamaría Bolero.

Su voz monumental
es como un gallo que despierta a los volcanes,
una erupción de sonatinas,
un magma de requintos y punteos.

Quisiera cantar tan bien como mi padre.
Me compró una guitarra tal vez con la esperanza
de que aprendiera un par de círculos
y trocar por serenatas el pan de la casa.

Pero yo le aposté al Rock And Roll,
influido por el mito de los Beatles
y por el fuego fatuo de Nirvana.

Algunas veces me sumerjo
en su colección de vinilos
y me embriaga la majestad armónica
de Cantoral o de Los Panchos.

Cómo se pasa del riff al arpegio;
del mosh y el headbanging
al sensual baile cuerpo a cuerpo;
del vértigo del glam rock
a la bacanal agridulce del bolero,
son misterios que mi edad
apenas va resolviendo.

Pero sí sé que de mi padre guardaré
esas canciones
que fueron mis primeros e intangibles poemarios.

Porque mi padre, cuando yo era niño
y él cantaba,
no hacía más que prestarle su voz
a mis quimeras.


CALYPSO MOON

Inspirado en una pintura de
Honorio Cabraca Acosta

A Paulina

No entiendo por qué el mar me abandonó tan lejos
del tempo de un quijongo ante la luna entera
del ritmo de sus costas y los cocoteros
y el cadáver de un barco encallado en la arena.

Quiero tomar mis bártulos y abrir sendero
hacerme una casita entre los bananales
dejar el frenesí del que busca dinero
y encenderle una velita a Mister Gavitt.

Huir del reconcomio de esta cruel metrópoli
aprenderme los ritos de la pocomía
contar a mis hijos las leyendas de Anansi
oír a Percy Dixon y Bob Marley noche y día.

Bailar contigo, amor, hasta la madrugada
un calypso de luna que nos eternice
caminar de tu mano todas estas playas
y que el sol nos despierte ancianos y felices.

No entiendo por qué el mar me abandonó tan lejos
y dejó que naciera en un puerto incompleto,
yo quiero irme a vivir a orillas de su reino
y morirme gozando al son de un calipsero.

Andar sobre los viejos rieles de los trenes
como un funambulista de las pleamares.
Salir al corredor a tocar mi ukelele
y que mis muertos bailen entre los manglares.

Volverme un tronco en Manzanillo o Puerto Viejo,
un sangrillo enraizado al filo de los criques,
la palma que se tuerce hasta beber océano.
Un paña embelesado entre los arrecifes.

Otear ciertos fantasmas con mi catalejo:
Holandés Volador y Caballo Marino.
¡Qué alegres viviríamos,
                                            amor,
                                                        qué buen destino!
No entiendo por qué el mar me abandonó tan lejos.

Poemas de Tocadiscos, 2020


WILLIAM VELÁSQUEZ VÁSQUEZ. Turrialba, Costa Rica, 1977. Estudió Diseño Publicitario en la Universidad Autónoma de Centroamérica (UACA). Es miembro del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria. Cuentos y poemas de su autoría aparecen en las antologías Crónicas de lo Oculto (Editorial Club de Libros, 2016), Voces del Café (NYPP, 2018) y Entra-Mar II (Sakura Ediciones, Colombia, 2019), así como en diversas páginas literarias. Colabora como redactor en la revista digital Glass Onion (Argentina). Ha publicado los poemarios “Los dictados del mar” (2018) y “Tocadiscos” (2020) bajo el sello editorial Nueva York Poetry Press.


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