Y YO UN LLUVIOSO PROFESOR DE LENGUA | FEDERICO J. SILVA


ADAMO ME FECIT

 

La poésie doit être faite par tous.

Non par un.

ISIDORE DUCASSE

 

El poeta rebusca en la basura de su rival

-cada cosa que encierras, cada cosa

 tuvo esplendor, acaso hasta hermosura-

bajo la angustia de las influencias:

imitatio/ asesinato/ intertexto.

 

En la calle del Niño

se oyen voces en la madrugada:

Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas, Gongorilla.

Don Francisco de Que-bebo,

no hay quien os tope

que no diga con mucha cortesía,

que ya que vuestros pies son de elegía,

que vuestras suavidades son de arrope.

No escribas versos más, por vida mía,

Góngora bobo.

Son tan sucias de mirar

las coplas que dais por ricas

que las dan en las boticas

para hacer vomitar.

 

Alaridos en la calle de Francos

(la más alta ocasión que vieron los siglos):

-No hay poeta tan malo como el gran manco.

-La gracia que no quiso darme el cielo, Avellaneda.

A ver, a ver esos latinicos,

monstruo, una comedia en 24 horas,

en la calle donde croas tus versos.

-Ni sé si eres, Cervantes, co ni cu,

sólo digo que es Lope Apolo, y tú

frisón de su carroza, y puerco en pie.

(Miró al soslayo, fuese y no hubo nada).

 

El dulce cisne de Avon

olisquea en los despojos de Marlowe,

o en las sobras de los suyos. La poesía

nace de la poesía, anotó Emerson.

 

El cónsul plenipotenciario

en los de Vicente, antipoeta y mago,

y Pablo de Rokha, barrabás vitalicio.

 

Galatón pintó un cuadro en el que Homero

vomitaba – era ciego y cualquier conduto engullía

o tal vez el pánico ante la musa en blanco-

y los aedos daban con la inspiración

en lo que su boca expelía.

 

Busca el poeta anónimo

algo bueno bajo el sol,

fragmentos del poema infinito,

del poema de todos.

 

Estes poemas são meus, añadió Drummond de Andrade.

 

Entre palimpsesto y pentimento

se hace el poema.

 

Sublimes hará a sus precursores.

En eco convertirá a los epígonos.

L’ensemble est une condition d’écriture (Derrida).

 


CUADRILÁTERO

 

El hotel Casa Marina de Cayo Hueso

se complace en presentar

el combate por el título regional de Florida

Writers on the rocks.

 

A la izquierda, calzón rojo,

37 años, 6 pies y 1 pulgada,

190 libras, autor de Adiós a las armas,

Ern Hemingway.

 

A la derecha, calzón azul,

56 años, 6 pies y 2 pulgadas,

220 libras, abogado de Hartford Accident

and Indemnity Company

y poeta,

Wall Stevens.

 

Ernie, amateur y bocazas,

estaba en su naturaleza,

fanfarroneó:

cualquier medio hombre

puede tener la Mercury de diez centavos.

 

Hasta este cantinero

sabía que Elsie Stevens

era el rostro de esa moneda,

la chica más hermosa de Reading.

 

Wall, que creía firmemente

en la poesía como fuerza destructora,

la tomó con Ura Hemingway: desearía

tener aquí ahora al gran hombre

y noquearlo con un solo puñetazo.

 

Una noche lluviosa.

Aquí se presentó Hem.

Un uppercut fue el primer golpe

de las tres veces que el poeta

besó la lona y recibiera

la cuenta atrás.

 

Un charco de sangre.

Grité: quiero una pelea justa.

Ernest se quitó las lentes

y Wallace le asestó el crochet anunciado

en la mandíbula.

El de Illinois tenía una quijada de asno.

 

Cinco días en el hospital:

un ojo hinchado, una mano rota

por dos lugares.

 

Entre copas se pusieron de acuerdo.

Elsie no podía enterarse.

La ficción suprema:

Stevens se había caído por las escaleras

y el que dijere lo contrario miente.

 

Wally nunca quiso recordarlo.

 


TIRTEO DE ESPARTA

 

¿Hasta cuándo estaréis así echados? ¿Cuándo

tendréis muchachos, ánimos de combate?[1]

CALINO DE ÉFESO

 

 

Soy Tirteo de Mileto, el aedo,

aunque me señalan otros como el maestro

de los mendigos de Atenas, Tirteo el cojo,

el poeta tuerto o Tirteo de Lacedemonia.

 

Los atenienses, siempre burlones,

deseaban aliviarse entregándome

como general de su ejército

-“seas tú nuestras heces”-

a los pendencieros espartanos.

 

Yo no sabía de las artes de la guerra

y del manejo de las armas. Nunca fui

el más valeroso de la polis,

esta contienda no va conmigo

y tengo más en común con la tropa enemiga

que con los oficiales lacedemonios.

 

Atemorizado dirigí sus huestes

-fruncí el entrecejo

y se me ocurrió una estratagema-

contra los mesenios.

Después los magistrados me condujeron

a la Asamblea para tributarme honores

entre los ancianos ilustres.

 

La guerra es un lenguaje.

Convertí un puñado de hoplitas en un pueblo en armas:

la gloria máxima está en el combate

y la areté en el deber cumplido.

La ciudad recordará el coraje y la valentía.

Escojan: una tediosa vida en la granja

o un nombre imperecedero,

Aquiles o su porquero.

 

Mandé repartir una cebolla por soldado.

Aguanta sin miedo espada, lanza y escudo.

Vuelve con él o sobre él como hijo de Esparta.

 

Es amargo abandonar la ciudad camino del exilio

de la mano de la infamia y la ruindad.

Nada hay más hermoso que caer en primera línea por la patria.

Nada más deshonroso que una herida en la espalda.

 

Con mis hexámetros jamás fuimos vencidos

cuando fui su jefe supremo,

lo que lo confirma todo:

la guerra es un lenguaje

 

o viceversa.

 


LA MUJER DEL TIEMPO

 

Ella es la mujer del Tiempo,

benedettinamente flaca,

y yo un lluvioso profesor de Lengua,

diacrónico, las más de las veces ucrónico,

horacianamente anacrónico.

 

Hemos acordado

no tratar la pertinaz sincronía

ni el fugit irreparabile tempus,

aunque un campo semántico se me ocurre

y algún discutible hiperónimo.

 

Yo la deletreo en el telediario

mientras ideo el almuerzo de dos.

Estudiamos juntos pero olvidó la Didáctica

por la Meteorología.

Por eso me escuece, carajo, cuando me llama veleta

y panza de burro.

 

No le exigieron titulación singular.

Deseaban una figura

que ruborizase la palidez de los mapas,

que optimizara el climograma del continente

en el que cronométricamente resido.

 

No contaron, imbéciles,

con su delicuescente influencia sobre las mareas,

con la funesta erosión que provoca

en las tierras su cercanía,

con los temblores de cordilleras

por la sedosa proximidad de sus piernas,

el devastador tornado al girar su telúrica cintura,

la geometría isobárica de sus pechos.

 

Su pronóstico habla de mí

cuando detalla las fibrilaciones del tiempo.

Es indudable que en su predicción son mías

las crisis hipertensivas

y que las perturbaciones del barómetro

en las regiones cálidas o húmedas

se refieren a mi anatomía.

 

En general, durante la mañana parezco

reflexivo, con predominio de cielos claros

o con intervalos nubosos, ansioso,

que remiten a partir de las primeras horas de la tarde.

Pero no es descartable la existencia de precipitaciones débiles,

o frente frío, si demora su llegada, o explosiva ciclogénesis

si se pierde la señal.

 

No obstante, presumo de temperaturas sin cambios,

o con ligero aumento de las mínimas al caer la noche,

cuando mi anticiclón de las Azores convierte

en fuego fatuo la tarosada, en fata morgana

la ventisca y la marejada del día.

 


BLACK HOLE

 

Sin mí

serías más rápida,

más alta,

más fuerte,

inconmensurable,

llegado más lejos.

Una región de entropía infinita.

 

Pero yo sería más

torpe, más pequeño,

ínfimo, más frágil,

más soberbio,

más imberbe, más estúpido,

menos hombre,

irrisorio,

insignificante,

un poeta en colapso gravitatorio completo,

un agujero negro.


[1] Traducción de Carlos García Gual.


CINCO POEMAS DE FEDERICO J. SILVA

(de Silva Rerum, Mercurio Editorial, 2020)

Federico J. Silva (Las Palmas de Gran Canaria, 8 de marzo de 1963), es uno de los poetas  incluidos en 20 del XX, Poetas de Islas Canarias, México, La Otra Libros, (2011). Licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Lila del Valle de Jinámar. Ha publicado doce libros de poesía y una novela y obtenido el Premio Hispanoamericano de Poesía “Dulce María Loynaz” 2004, concedido por la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias y el Premio Literario de Poesía “Tomás Morales” 2004, otorgado por el Cabildo de Gran Canaria y la Casa Museo Tomás Morales.

De 2000 a 2003 ejerció de profesor de español en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y de mayo de 2004 a octubre de 2006 trabajó en los medios de comunicación, primero en el periódico El Mundo-La Gaceta de Canarias, donde fue jefe de sección, y posteriormente en la Agencia Canaria de Noticias (ACN Press).
 

Es autor de Sea de quien la mar no teme airada (1995), La luz que nos hiera (1996), A un amar adverso (1996), Ultimar en tus brazas (1998), Bestiario de la implicitación (2000), El crimen perfecto (2005), Donde menos se piensa salta el gatoliebre (2005), Este hombre que está junto a ti al borde extático del precipicio (2005), Era Pompeia  (2005 y 2012), Palabrota poeta (2014), Una mujer en todo el cuerpo (2015), Silva Rerum, (2020) y de la novela Las calmas aparentes (2015).


 

 

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