YEMAYÁ, LA DE LOS MARES | JAVIER ALVARADO

YEMAYÁ, LA DE LOS MARES | JAVIER ALVARADO

YEMAYÁ, LA DE LOS MARES

A Jorge Amado

I

Antes he escarbado estas huellas, estas palabras
Estas historias resueltas en la pared
Clavadas como ojos vidriosos ante una idea que tiembla
Que salta en pedazos, da un vuelco
Grita en el tiempo y muerde siempre.
Antes he escuchado a la corriente hablar
A la dulce samaritana gritándome desde el polvo
Desde la roca primera de su genealogía de arcilla
Desde los trozos de su jofaina más terrena.
Yo he grabado y he sacrificado estos animales de Altamira
La voz verde del fuego, el violeta esqueleto del verdugo.
Yo vi nacer a mi madre con los llantos de octubre,
A mi padre lo dejé crecer y lo solté de la mano
Cuando el temor enfriaba las quebradas.
He tocado los cascabeles de la gracia sin conocer el milagro;
Subo hasta el monte, reconozco al gladiador
Y penetro en la boca de su máscara,
Donde me espera el aguijón de la canción más terrible.

He dormido como un perro
Y he escuchado las olas en el mar arrastrar a sus muertos,
Llevándolos a la tranquilidad de la arena,
Allí habremos todos de esperar boca arriba
Aquello que llamamos eternidad
Oh, Iemanjá, oscura claridad del tiempo.

II

Iemanjá, la de los mares,
La de las cítaras muertas, la de las tierras de Aiocá.
Iemanjá, la madre de todos los hombres,
La madre de la espuma india, la de los corales negros,
La de las escamas y agallas
La de los ojos de los peces.

Yo he visto tus ojos desde la gran claridad humana
Y he caminado por la costa buscando los solares perdidos
Los horizontes contados desde los dedos más supremos,
Las canciones de niño que abandoné con el estruendo sordo
De los fantasmales cañones de Portobelo
O las lunas que guardé como monedas en la orfandad de mis bolsillos.

(Se oye un rumor de tambor naciendo)
o-o-o-a-a yemayá
yemayá
o-o-o-a-a yemayá
yemayá

(Voz de palmar en calma)
Iemanjá,
Virgen de Regla
Cruz de España
Mar de los moros
Mar de los cristianos,
Tabaco de Cuba.

Una vela y un tambor
Están velando mi tumba
Ooa, Iemanjá, la que los recoge a los muertos bajo el agua,
La que lleva las almas hasta el abanico austral y boreal de la tierra
Un cuerpo ha descendido al fondo de las edades,
Se cristaliza húmedamente e inicia su retorno plantando su legajo de raíces

Hoy busco un tambor
Un cuero yoruba de alga y sangre,
Un pez, una almeja, una palabra
En estas ceremonias donde la jicotea niega su nombre;
Hoy las espadas marinas dan su toque de calma
Y los cangrejos habitan el territorio de las vastedades acuáticas.

o-o-o-a-a Yemayá
Yemayá la de los mares

Una vela y un tambor
Están velando mi tumba

o-o-o-a-a Yemayá
Yemayá

Quédate por el negro
Quédate por los pobres.

III

Janaína, la de los canoeros,
Una canción, un delta de río, un instrumento
Aleta de los metales más sublimes, hacha del leñador certero.
Todo inició con el coral de la carne, el fuego en las antorchas
En las canoas donde Dios existe y se mueve con el enjambre del pelícano
El ojo de la primavera, los brazos del verano
Los pies del invierno que sostuvieron el primer mundo donde duermes los Orishas.

Iemanjá, yo te llevo en mi canoa
En todas las velas de los barcos, en las naves,
En mis embarcaciones nocturnas, en la soledad, en los saveiros.

Todo se queda, todo se escucha
Hijo soy de Iemanjá, la de la tierra y de los mares

(Con rumor de tormenta alejándose
Entonando una copla popular del Brasil)

Yo me llamo Ogum de ley
No niego mi natural
Hijo soy del agua clara
Soy nieto de Iemanjá
Iemanjá, ven

Ven del mar


URRACÁ TRANSITANDO LAS ISLAS

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas.
Lezama, Muerte de Narciso

Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.
José Carlos Becerra, El otoño recorre las islas

Urracá se esparce a solas por la tierra, toma los caminos del agua,
Viene desde una piragua hasta sus cumbres,
Vuelve al mar
Donde lo esperan unos ojos, un cuerpo transparente
Que desbordan las llanuras como las estatuas en los líquenes del sueño.

Los ríos de Veraguas conocen su idioma, conocen el peso
De su canoa como las corrientes del mediodía
Que invaden nuestros cauces.

Urracá espera la luz en el bramido de las rocas,
En una estela azul aguardando la lealtad del firmamento,
Esas huestes limítrofes, esas huestes aliadas, esas ranas de oro puro
Que croan hasta el cansancio, hasta enarbolar una burbuja
De color
Que traspase las ranuras del aire, las estrías del aire,
Las marchas olfateadas del aire, donde buscamos
La noche equiparada del almendro, esos almendros que crecen
En la costa y dialogan en hermandad con las palmeras. Urracá viene
Como un río, como un destino, viene desde la cordillera
En su piragua, en su cayac o en alguna embarcación
De pesca artesanal, de pesca deportiva, en un paquete para solitarios
O en un paquete racional para turistas,
Pero él va a puro remo hasta las orillas paradisiacas de Coiba.
Coiba es una tormenta en medio del mar, una garra de salitre,
Una garra que succiona a las aves redimiendo la alquimia
De su cielo, una nube donde empollan las águilas
Con toda su majestuosidad y espanto, donde incuban
Los sangretoros y los azulejos y alguna garza que va zurciendo
La espuma con chillidos seculares.

Él se viene a las islas del Pacífico como un papo
Creciendo en el altar del calor más denso.
Su canoa es una medusa gravitando en las manos,
Zigzagueando en nuestras frentes.

Decidme donde está el camino, dónde están las islas Secas.
Dónde está la isla Boca Brava sobre el arrecife, sobre la Bahía de Muertos.
Esos muertos que buscamos y se zambullen en los artilugios del agua,
Los que abren la boca y reciben los ríos, aunque los ríos enumeren
Todos los mapas abiertos de la tregua, aunque todos los soles
Acudan a ese llamamiento de la sangre, a ese venablo donde discurre un relámpago
Una carta abierta, un milagro sobre los pastos verdes de Isla Cébaco,
La isla Gobernadora es un caudal, un ser que libamos desde el sueño
En el Golfo de Montijo, una vastedad que nos seduce
Con voz larga, con una espada corta
La isla Sevilla con su oleaje como un aposento confidencial donde va a redimir la sangre
En Isla Otoque se esconden los duendes dentro de su cajita
Y dentro de esa cajita están los cinco dedos como duendes
En la Isla Palenque los pescadores retoman una danza desde la humedad
Hasta la orientación de las sales de Taboga, donde Sinán conversa con Linda Oldsen sobre el deshove de los peces
Y en Saboga hay un cementerio mineral de creencias, de esqueletos
Que aun tantean la masa colosal de los diluvios
Y Taborcillo revive desde la anáfora, su tambor caliente,
Sus escenas del oeste donde Jhon Wayne dispara al convidado;
En Contadora aún resuenan las perlas, aún resuenan las perlas,
Aun ruedan las perlas, aun ruedan las perlas que se quedaron
Y las que se fueron llevando;
La Isla del Rey se enfurece con remos de cálamo y estrella,
La Isla Iguana te saca la lengua y te adhiere a sus arenas como un peto de tortuga,
La Isla de Cañas va a la deriva como los astros que hacen girar
El trapiche de las existencias;
En la Isla de San José alguna sangre va con su hilito originario a confundirse con el mar.

Tal vez mi sangre quedó allí en ese archipiélago.
Tal vez Urracá encontró a Itabé
Y se quedó entre una isla y otra
Y se hizo archipiélago.
Tal vez se hundan y emerjan otras islas
Y tal vez siga esa terredad transmutada en archipiélago.

Tal vez aquí está mi poesía con saudades de archipiélago.


 

TAN PACIFICO COMO EL PACÍFICO

Desde antes…

Te retorciste toda, te rompiste los huesos,
pintada de oro, incrustada tu piel de joyas diminutas
para formar la inicial de un evangelio
Isabel la Caótica, Severo Sarduy

Y después…

Cuando Balboa llegó al Pacífico
Se preguntaba dónde estaba el oro
Dónde podría arrebatar
Las perlas
(Un collar-un obsequio)
Para la católica
Y
Caótica
Familia

No olvides
Que a la mujer que le arrancó
El collar
El brazalete
El pectoral
Las argollas
Las perlas
Pudo ser
Tu madre
Tu hermana
Tu mujer
Tu abuela
Tu bisabuela
Tu tatarabuela

Y entonces

(El Pacífico fue una cuota más
Para desenrollar
El mapa de la muerte)

Yo, hombre pequeño
Convertido para siempre
En un istmo
Con la misma voluntad en el mar
En la tierra como en el cielo
Con el poderío
De todas las islas
Pacíficamente
Levanto
Un árbol de papaya
Para que no lo azote el viento
Un bejuco de auyamas
Para que se ahorquen todos aquellos
Que buscan el oro

Para que pacíficamente encuentren
La vorágine
De estas olas

Y por siempre

Seré un istmo

Seré un canal

Y así los seguiré engañando
De que soy tan pacifico
Como el Pacífico


POEMA EN RESPUESTA A JEAN PAUL SARTRE
QUE ME HA ENVIADO A UN LEÓN-MAYORDOMO
PARA QUE ME ESCOLTE A UNA HABITACIÓN OSCURA,
ERÓTICA, CON MUCHOS OJOS Y CON LA PUERTA CERRADA
POR FUERA Y CON EL CUAL DESEO QUEDARME

A Alexis Jaramillo y a su sempiterno león

Entrar con el símbolo o la voluntad del cisne
Conocer tu cuerpo de león que se desmadra
Rasguñando los cordones y las sombras,
Tu aliento fálico que se eterniza en el carámbano de las nubes
Lo que llena de molinos y de algas las peceras y los dormitorios
Ese arco de las costillas donde se ensalivan los plenilunios y los soles
El ombligo donde se alberga la quilla antigua de los buques amorosos
Y los sordos embarcaderos
Donde los jóvenes novelistas aguardan con un lápiz sepultándose;
Tus ojos de loto pensante que esgrimen la correspondencia
De Dios
Con los sellos sexuales de la lluvia
Ese gatear de estrella por el teatro a oscuras
Tu labor de cancerbero en la punta de mi lengua
Arrastrando a los poetas, a las lesbianas y a las locas perdidas con tu látigo de sangre
Si hay camelias crucificadas que preguntan por su cólera de huesos
Por esa orientación de mis manos hacia tu melena aleteante
Un balbucear de pájaros que se constelan en la seda de mi grito
Un paraguas de uñas para verte surgir como el mediodía nevado
La cristalización del viento que me acerca al otoño y sus raíces
Con las auroras boreales que nos salen de las manos
Una quietud fresca como invernadero que se inicia sollozando
Entre el vapor de los legajos muertos que dialogan con la espiga
Como surfers anudados a las olas tronchadas
Rostros de sueño que se invaden de comedias berreantes
Sombras dactilares que trepan la rosa suicidada
Candelas de miedo que supuran astros de melancólica gota
Donde los sastres trepan los árboles con la aguja desafiante
Con el limo y sus costuras y los nidos envenenados de la arteria
Tanta trepidación de la campana homófona y de los renos que reúnen los exorcismos de otros reinos
Algo que sucumbe como la heredad en el espejo
O la fatiga de arrastrar los corales y las fechas de la Facultad de Bellas Artes
Si volvemos a ser un nombre o una estatua con nombres anónimos
María, Jazmín, Javier, Victoria, Alexis,
Estele, Garcìn, Inés Serrano
El camarero de los arcabuces y la noria
Que se colma de mendigos y de soldados que se enlutecen de blanco
Que se abandonan en las calles con los ojos osteoporados y que arrojan violines podridos a las estaciones de la luna
Jinetes que se cubren de maleza
En los jardines del hambre
Algo que oye piafar a la ardilla
Con su cola amarillenta
Con la levedad de los rabihorcados
Y la comunión de las cerezas
Amapolas que se disponen a ser heridas
Por casas de materias nerviosas
O ruedas de maderas pobres
Y chirrean las aldabas, las bisagras, los sexos de las puertas
Lo que es despertar junto a una mujer desconocida
Y que inunda de aguas fluviales
La espalda de la ciudad
Que babea sobre los ferrocarriles
Que trafican el granate,
Los números abiertos
Que portan las clorofilas de tu piel hidratada por ausencias
Cuando soy el espectador del deseo en meditante agonía
El aplauso ebrio ante las multitudes que tiemblan en el gozo
En una habitación donde nos buscamos con los ojos cerrados
Con capitanes ebrios que sucumben ante el timón de los bares y el infierno
Continuamente con esa tempestad de las almas y de los cuerpos nupciales,
Ese epitalamio de la miel que te persigue
Como una cuerda roja para amordazar estrellas
Sustancias que salen de tu boca y que mi boca energúmena
Liba, chupa, engulle, lame
Para devolvernos a ese gesto solo
Del teatro a oscuras,
Del espectador a oscuras
Del león cancerbero a oscuras
Donde empieza a iluminarse la cópula del mar y su almirante.



Javier Alvarado- (Santiago de Veraguas 28 de agosto de 1982). Hizo sus estudios en el colegio Panama School y después obtiene el título de Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá en el año 2005. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño en los años 2000, 2004, 2007 y 2014. Premio de Poesía Pablo Neruda 2004 y Premio de Poesía Stella Sierra en el 2007. Poeta residente por la Fundación Cove Park, Escocia, Reino Unido 2009. Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010 con su obra Carta Natal al país de los Locos (Poeta en Escocia). Primer Premio de los X Juegos Florales Belice y Panamá, León Nicaragua.  Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011.  Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua 2011.  Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012. En 2014, un jurado conformado por el poeta español Antonio Gamoneda, el poeta peruano Rodolfo Hinostroza y Julio Pazos de Ecuador, le otorgaron el Premio Medardo Ángel Silva a obra editada por su libro Carta Natal al país de los Locos. En el 2015 obtuvo el premio Ricardo Miró de poesía, máximo galardón de las letras panameñas. En 2017, obtiene el Premio Hispanoamericano de poesía de San Salvador. Premio Juegos Florales de Quetzaltenango, 2018.  Mención de Honor Premio Mundial de poesía mística Fernando Rielo 2019.  I Accésit del Premio de Poesía Virgen del Carmen en Alcañiz, España, 2020.   En 2020, una traducción de sus poemas y de la poeta colombiana Lucía Estrada, realizada por Russel Karrick, obtiene The Gabo Prize for Literature in Translations & Multilingual Texts juzgado por el aclamado poeta de Estados Unidos, Ilypa Kaminsky, organizado por la revista Lunch Ticket y Antiocn University Los Angeles.  Accésit del Premio de Poesía María Fonellosa sobre discapacidad organizado por la Unión Nacional de Escritores de España. 


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